Ilusión gitana

“Aunque me confundes,
aunque me transformes”

Realmente me costó trabajo asimilar lo que estaba pasando. Una cosa era que estuviésemos jugando y otra que hubiese algo en juego. Lo que inició como algo inocente y de broma pasó a ponerse más serio sin previo aviso. Alguien más perspicaz lo hubiera notado antes, incluso puede ser que quienes nos rodeaban lo estuviesen viendo en tiempo real como la más evidente obviedad, esperando que actuara con compostura, después de todo yo era una persona con fama de sensatez. Nada pasaría aquí más que el revoloteo de un par de pavesas llegadas de quién sabe dónde.

Puede que el éxito de aquella ilusión gitana radicase en que no jugábamos el mismo juego. Mientras yo pensaba que nada de esto podía ser en serio, Nora apostaba a ver qué tan en serio podía ser. Una diferencia muy sutil en la voluntad y en la dirección que habrían de poner en manifiesto las verdaderas intenciones. Al menos para quienes observaban por casualidad.

Recuerdo negar con insistencia que todo fuese intencional, pensando que eran solo casualidades, como si al lanzar una moneda estuviese cayendo siempre lo mismo. Jugaba por lo absurdo, porque esto simplemente no podía estar sucediendo.

Ya para entonces nos hablábamos con toda confianza. Nos entreteníamos con ideas del futuro, que aunque Nora no podía decir nada sobre el suyo, aseguraba que el mío podía mejorar. Claro, con un poco de ayuda.

Esto no podía prolongarse indefinidamente. Asumiendo que todo se trataba de un truco, decidí que, como tal, debía revelarse.

—¿Cuál truco? ¿Crees que esto lo es?
—Todo esto que haces.
—¿Con qué o qué?
—Conmigo.
—Yo no hago nada.

Dijo esto mientras tomaba mi mano boca arriba. Reí al pensar que esto era el colmo. Lo último que faltaba era que una gitana me leyera la mano. Y se lo dije.

—¿Y que piensas hacer?
—Eso, pensar.
—¿Sobre qué? ¿Sobre mí?
—Tal vez, debería.
—Y deberías decírmelo.

Dejé que el día siguiente transcurriera con normalidad. No podía permitir que esto continuara. No debía. Al anochecer me escribió, recordándome que tenía que decirle lo que pensaba sobre ella. No quise responderle con detalle, porque no lo tenía definido. Solo me limité a decirle que me había acordado de esta canción.

Pensé que sería prudente empezar por reconocer lo que me estaba pasando, como si con eso me lo pudiese quitar de encima. Por supuesto que esa tal Prudencia no andaba por el vecindario y no podría llegar a tiempo para la función que estaba por comenzar.

“Tragedia Romaní”

Tercera llamada, comenzamos.

æHay algo de gitano en algunas canciones de Enrique Bunbury que me gustan. Supongo que fue una etapa, no es como que se hubieran usado para contar una tragedia. ¿O si?.

You may also like...

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.