Desesperanza

“Quiero escapar, gris es todo”

La verdad es que ya había dejado de ser emocionante. Éramos lo que quedaba de una buena intención tornada ahora en extralimitación. Nora terminó convirtiéndose en alguien completamente distinta, como si al cortar su cabello perdiera con él todo rastro de lo que conocimos de ella. Era burlona, agresiva y reactiva a la menor provocación. Se movía por el mundo como si todos le debiéramos algo, y yo fuese solo algo útil que se encontró por ahí.

Por mi parte era poca la resistencia que oponía, empezando por no querer darle una razón más para el argumento de que la vida era injusta con ella, al punto de que me llegó a convencer de obtener un crédito para ella a mi nombre, prometiendo que ella lo pagaría con puntualidad. Previsiblemente, esto creó un mecanismo fusible a su favor: yo debía tratarla con delicadeza y atención, de lo contrario podría molestarse y marcharse, con todo y su promesa de pago.

Estaba atrapado entre Nora y mis buenas intenciones, para colmo, en mi propia casa, porque ella seguía yendo y viniendo a voluntad.

Con estas condiciones fue que me encontré buscando motivos para no estar en mi casa, que ahora parecía un presidio del que entrábamos y salíamos sin un interés real de querer hacer bien las cosas. Ya ni siquiera era un lugar en el que se podía descansar, solo pasar la noche.

El punto más angustioso fue el de un sábado precisamente por la noche. Nora había quedado en venir porque quería regresarme un libro muy preciado que le había prestado. En realidad daba igual que yo estuviera en casa para devolverlo; podía simplemente dejarlo y marcharse. Yo solo no quería estar en mi casa, desafortunadamente, todo el mundo se hallaba ocupado.

Comencé a deambular por el rumbo, esperando que alguien me contestara un mensaje y que ella llegara, o no. Daba vueltas, nuevamente, sin que algo ocurriera, esta vez en mi propia casa. Ya era de preocuparse. Pasaban de la una de la madrugada.

Decidí, contra un buen juicio, ir a casa de mi mamá, a tres horas de distancia. Sería mucho mejor pasar esas tres horas desplazándome con algún propósito que caer nuevamente en un trance desafortunado por no tener a donde ir ni qué hacer conmigo.

Llegué al amanecer. Tenía tanto sobre mis hombros que el cansancio era abrumador. Le dije a mi mamá que quería descansar, literalmente. Ya habría tiempo después para las explicaciones, se lo diría todo, pero ahora necesitaba recuperar el cuerpo y reconfortar el alma.

Me alcancé a recostar al sol de una ventana, como un auto que apenas alcanza a orillarse antes de agotar lo último de su reserva. Mi mamá me leyó unos cuentos que no recuerdo, pero que me llevaron a un sueño profundo.

Soñando, en casa de mi mamá,
con un santuario lejos de todo mal.

El sueño dentro del sueño,
el bálsamo reparador,
el elixir del espíritu,
el mantra purificador
y el amuleto de la suerte.

La restauración que al despertar,
el camino a casa revelará


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