De vuelta

“Be yourself is all that you can do”

El año no terminaba tan bien.

Antes de irme al extranjero a preguntarme como regresar, tuve a bien deshacerme de casi todas mis posesiones materiales, entre ellas mi bicicleta y mi carro.

Ya de regreso y en el departamento en el que me alojaba decidí comprar una bicicleta para poder moverme mejor. Siempre me ha parecido práctico y simbólico que sea mi propio esfuerzo el que me mueva; me da un sentido de libertad satisfactorio.

Algunas veces caminaba al trabajo, otras me iba en bicicleta, dependiendo de lo que fuera a hacer al salir. Vivir cerca del centro me ofrecía ambas opciones.

Pero un día me robaron la bicicleta en el estacionamiento del edificio de la oficina. Dejando de lado lo material, dos cosas en verdad me molestaban: no había sido algo accidental o una casualidad, alguien decidió romper unos tubos y llevarse algo que no le pertenecía. No es como un billete que te encuentras en la calle y que difícilmente podrás devolverlo, aunque deberías intentarlo. La diferencia es la intención, saber que allá afuera hay gente decidiendo perjudicar a otras personas. Incluso pienso que encontrarte dinero en la calle no es algo solo de buena suerte, porque para que tú te lo encuentres, a alguien más se le debió haber perdido. Pero ese es otro tema.

Me molestaba también perder la libertad que me daba moverme en bicicleta, lo simbólico, lo que me hacía reflexionar.

“¿De qué depende tu libertad?”

Es una pregunta personal y subjetiva. En mi caso depende de poder elegir, tener opciones siempre; y por ahora alguien había limitado mi capacidad de elegir. ¿Era cierto? ¿En verdad era tanto el alcance de un desconocido y tan poco mi margen de acción?

Pensaba en esta idea tratando de recuperar un poco el ánimo decaído, al tiempo que lidiaba con el enojo y la impotencia de creer que hay cosas en la sociedad que parecen no funcionar.

Por aquella época, me habían planteado la idea de comprar un carro, misma que rechazaba por, entre otras cosas, no creerme capaz de solventar ese compromiso, ni de ser sujeto de crédito. Mi auto anterior lo había comprado de segunda mano y la experiencia había sido regular. No tenía ganas de lidiar con eso tampoco. Estaba tan molesto con la sociedad y con el sistema que al día siguiente fui, caminando, a la agencia de autos cercana a mi trabajo. Coincidía con que el único auto que había tenido antes era de la misma marca, así que bien podría ser uno igual. Y efectivamente, ahí estaba, en exhibición, el mismo modelo, solo más reciente.

Entré y me dirigí con uno de los vendedores.

—¿Cuanto cuesta este auto?
—Ciento treinta y cinco mil pesos, de contado.
—¿Y qué necesito para llevármelo a crédito?
—Si me permite una identificación, le puedo dar informes sobre los créditos disponibles.

La verdad es que hice estas preguntas en un tono desafiante, con la intención de demostrar que al sistema no le interesaban sujetos como yo.

El vendedor me comentó que sería necesario revisar mi historial crediticio, pero que en un par de días a más tardar me tendría una respuesta.

Salí de ahí satisfecho por tener la certeza de que ni se iban a tardar tanto en consultar mi historial, porque no tenía, y que por lo mismo no me podrían otorgar un crédito. La certeza y la razón.

Al día siguiente, mientras iba caminando a un café cerca de mi casa, recibí una llamada.

—Su crédito fue aprobado.
—…gracias.
—¿Le gustaría venir a la agencia para cerrar los detalles? Sirve que puede ver otros modelos que también puede adquirir con el monto que le aprobaron.

Seguía procesando el revés que me acababan de dirigir. Estaba tan seguro que este escenario no sucedería, que no dediqué ni un minuto a pensar en los detalles. Ahora tenía a un vendedor en la línea esperando mi respuesta. El orgullo que portaba lucía como el saco más abrigador en un caluroso día de verano.

—La verdad estaba interesado en el modelo que vi en la agencia.
—No hay problema caballero, si gusta puede venir y vemos como quedaría con el color y accesorios adicionales que le podemos ofrecer.
—Así está bien, gracias, sin accesorios.
—De acuerdo, si quiere le muestro entonces los colores disponibles.
—¿Cuales tiene en agencia?
—Solo el blanco, los demás se solicitan al distribuidor.
—El blanco está bien.
—Entonces, si está usted de acuerdo, puede venir mañana a firmar documentos y por la tarde le estaríamos entregando su vehículo.
—Gracias, me presento mañana.

Todo me parecía tan absurdo que me reí. Personas que no me conocían me acababan de ofrecer un crédito que nunca había tenido para algo que a primeras luces parecía un arrebato.

Aún incrédulo, pero ya sin abrigos estorbosos, me presenté en la agencia; me dieron a firmar un montón de documentos y todo quedó listo en menos de una hora.

Regresé por la tarde para lo que sería la conclusión de este capítulo. El auto estaba listo en la entrada del taller. Yo todavía lo miraba como una trampa o episodio de ese programa de concursos en el que engañaban a un tal Margarito y que nunca se podía ganar nada.

Pero no, solo me subí al carro y salí de ahí. Me detuve unos metros más adelante porque aún me sentía nervioso. Conecté mi teléfono al estéreo y seleccioné la reproducción aleatoria. Comenzó a sonar esta canción y sonreí.

“…is all that you can do”

Jamás una canción me ha sonado mejor para iniciar un paseo en auto.

Difícilmente habrá tenido aquel vendedor una venta por casualidad más fácil y rápida.

A veces las cosas no son tan complicadas como yo me las imagino.

Aquí estaba, de vuelta, en una nave nueva.

El año no terminaba tan mal.


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