Un buen propósito

“Todos los días salgo a caminar, hago mil cosas pa’ no pensar”

Así, como si nada hubiese pasado, estaba de regreso en la rutina. Parecía la mañana siguiente de una noche de pesadilla.

“Solo vete” eran palabras que sonaban tan incompletas y vacías, como la persona que me las había dicho. Pero eso era la que quedaba, irse, o más bien, volver a donde estaba antes de que todo esto comenzara.

Al principio fue sencillo, solo quedaba la sensación amarga de un muy mal sueño, nada más. Regresé al trabajo, a correr y a la música, esperando que todo volviera a acomodarse en su sitio. Fue entonces que, hablando de cosas fuera de lugar, recordé el disco de Mon Laferte que había dejado en la guantera del carro. Escucharlo me hizo pensar en lo sucedido como algo muy intenso pero un poco disparatado.

Está en nuestra naturaleza la búsqueda de respuestas y sentido a lo que vivimos. Me preguntaba si había algo de eso en esta caja musical.

Pensaba esto una semana después de la última vez que vi a Nora, cuando me llegó un mensaje de ella.

“¿Qué haces?”.

Mi respuesta inmediata podía sonar como el mecanismo disparado de una trampa que trataba cuidadosamente de no activar, por lo que pensé mejor lo que habría de contestar. Escribí en tono suave y relajado, en parte para no asustarla y hacer que desapareciera, porque creía que era bueno saber de ella; al tiempo que pretendía que todo era casual y me tenía sin el menor de los cuidados.

Así estuvimos por algunos días, continuando nuestras vidas en lo que sea que estuviésemos haciendo, al fin que yo ya me estaba yendo de todos modos, como ella había dicho. Parecía un buen propósito.

“¿Quieres ver una película?” —escribió por fin un día de esos.

Aquel buen propósito, como la mayoría, estaba destinado a no cumplirse.


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