Cenicienta de oficina

“Fireball!”

Nuestra oficina de comunicaciones, hay que decirlo, era mitad oficina y mitad almacén de cachivaches y cables que se solo se iban acumulando con el tiempo. No era muy estético ni iba a mejorar. O eso creía, porque cuando llegué aquella tarde había una operación de limpieza. Revisaban todo lo que había en los anaqueles, además de lo inventariado, para que fuese retirado, si era de alguien, y si nadie lo reclamaba, descartarlo. Salían papeles, cajas vacías, tuppers y hasta adornos de navidad. Casi todo fue a dar a la basura, y con justa razón, hasta que salieron unas zapatillas, que se tornaron en epicentro de un montón de bromas y comentarios burlones, considerando que este era un ambiente mayoritariamente masculino. Teníamos una compañera, pero ciertamente no era de usar tacones. ¿De quien serían?

Acabado todo el relajo, y sin haber dado con quien pudiese haberlas dejado ahí, estaban por ser echadas a la basura. Recordé que había un equipo de proyectos que ocasionalmente iba a nuestro edificio, en este equipo había otra compañera. Les comenté a los compañeros y me pidieron que le preguntara, aprovechando que tendríamos una reunión con ese equipo en la semana. Hasta entonces, yo sería responsable de esas zapatillas, porque o las tiraban ellos o las tiraba yo, o encontraba que hacer con ellas. Qué era eso de andar dejando zapatos en el trabajo.

Mi jefe me había presentado con _1307 en mis primeros días en la compañía, limitándose a decir que sería el programador residente, a lo que ella contestó con un “Si, tiene cara de” que nos hizo reír, supongo que por ser verdad. Me dio la bienvenida y nos despedimos. Fuera de esa interacción, el resto habían sido actividades de proyectos y apoyo en implementaciones. Esto hizo un poco difícil encontrar la forma casual de decirle que tenía unas zapatillas que tal vez pudieran ser de ella, y que si no las recogía, terminarían en la basura.

Lo bueno es que no fue tan complicado, porque después de decirle eso sin rodeos, se rio y recordó que hacía tiempo las había dejado ahí. Me pidió que se las guardara un día más y que pasaría por ellas. Al día siguiente fue y se las entregué. Muy apenada, me invitó un café y se lo acepté, con la mala suerte de que la cafetería ya estaba cerrada. En su lugar, fuimos a la tiendita y platicamos un rato. Me contó que le gustaba mucho hacer ejercicio, a lo que contesté “Si, tienes cara de” en tono sarcástico, y nos reímos, aunque enfatizó que era en serio, que iba al gimnasio diario y tomaba unas clases de ejercicio con baile. Le pregunté qué música le gustaba y me contestó que de toda.

—¿Algo en particular que tengas en mente? —le cuestioné, tratando de que fuera más específica sobre un tema del que siempre me gusta platicar.
—Mmmm… no sé, últimamente traigo mucho dos de las clases.
—¿Como se llaman?
—Es que no me acuerdo, creo que una es de Pitbull.
—Pitbull ha estado cantando últimamente con medio mundo, ¿cuál será?
—Es que no me sé el título.
—Bueno, qué dice, o cántala.
—¡Ja ja ja! Es que no se bien que dice, pero va algo como “ta ra ta-ta-ra-ta”…

No era muy conocedor de Pitbull, pero di con la canción, aunque quedamos de confirmar después, y de tomarnos el café que había quedado pendiente.

—¿Y la otra canción?
—Noooo, esa no te puedo decir, mejor luego.

Nos reímos y nos despedimos. Ya habría tiempo después para más canciones. Por lo pronto este había sido un desenlace entretenido, considerando que había comenzado con unas zapatillas olvidadas en una bodega. Perdón, oficina.

Supongo que a veces puedo ser simpático, a pesar de tener cara de programador.

æDespués me dijo cual era la otra canción, y pues supongo que si da algo de pena de contar. Solo diré que habla de un chofer de taxi al que una chica le hace la parada.


You may also like...

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.