Memorias radioactivas
“¿Que otra cosa puedo hacer? Si no olvido, moriré”
Nunca he pensado que tener buena memoria sea algo excepcional mas allá de lo práctico o anecdótico.
En lo práctico significa poder recordar datos académicos o el trabajo, nombres de personas y cosas por el estilo. Solo se reduce el tiempo que te tomaría buscarlas. De nada sirve tener esos datos si no sabes como utilizarlos. A partir de ahí es donde comienza la verdadera inteligencia.
En lo anecdótico representa momentos de trivia y entretenimiento, nada que hoy no se pueda solventar con la Internet. Considerando que además retenemos una cantidad importante de datos inútiles, se enfatiza la trivialidad que además, está subutilizada.
Como ilustración de estos puntos puedo decir, con algo de alivio, que es igual de inútil recordar 150 nombres de pokemons que 118 elementos de la tabla periódica.
Un cesto lleno de piedritas de cualquier lado que adorna la mesa de centro de mi sala.
Entonces están las memorias, que mas allá de como hayan sucedido, son cómo las recuerdo lo que se manifiesta.
Estas rocas brillan cuando las toco y me transmiten diferentes tipos de energía. Algunas hacen daño.
Quizá fue por haber tocado varias de aquellas rocas sin cuidado que empecé a sentir una fuerte nostalgia. Pasé algunos días en reposo, tratando de que se disiparan sus efectos. Una distracción hubiera sido buen remedio, pero me encontraba tan absorto que no se me ocurrió ninguna al momento.
Las líneas de esta canción se repetían como eco de lo que me estaba pasando.
La analogía con las piedras y rocas se termina cuando te das cuenta de que no puedes deshacerte de las memorias del mismo modo.
Nadie olvida algo que haya recordado. Si lo olvidas es porque nunca lo recordaste. Las memorias solo se degradan.
“¿Cuanto falta? No lo sé”
Nadie, que yo sepa, ha muerto de nostalgia. No es el dolor lo que te mata, es lo que han llegado a hacer algunos para que se termine.
“Y otro crimen quedará sin resolver”
No soy de esas personas.
Quiero vivir y recordar, emociones y cosas inútiles; jugar con las piedras de aquel cesto en mi sala, compartir el brillo de las rocas con energía y mostrar con cuidado las que son peligrosas; tener alguna distracción a la mano para la nostalgia ocasional y procurarme para que sea el cuerpo el que diga hasta cuando.
Seguro hay tiempo todavía para aprenderme los 118 elementos químicos.

