Monasterio

“Dame un momento, dame un lugar”


Poner orden no resultaba suficiente. Puedes acomodar las cosas en tu casa de cierta forma y tener la apariencia de que están ordenadas, pero si este orden no tiene sentido para ti, da lo mismo como estén.

Encontrar el sentido se volvía prioritario, sin importar la cantidad de cosas y donde estaban. Con esto en mente, una idea se formó que me parecía que cumplía con todos los requisitos.

Busqué habitaciones en renta y encontré unas que me llamaron la atención. Era una casona del centro, reacondicionada como estancias individuales, cada una con baño propio y en un entorno tranquilo. Estaba decidido.

Cuando le conté a algunas personas, entre ellas al amigo Efrén, me comentaron que era un disparate, como dar un paso hacia atrás. Llevaba años viviendo en casas independientes, con la responsabilidad que conlleva, sin problema alguno. ¿Por qué regresar a una vivienda compartida? Y peor aún, con desconocidos.

El encanto estaba en que eran habitaciones espaciosas e independientes, comunicadas por un pasillo exterior con acceso a una pequeña cocina. Cada residente podía estar en su habitación sin enterarse de lo que pasaba, salvo por la entrada o salida ocasional de alguien. El resto del tiempo podía transcurrirse en aislamiento, que pocas veces se ve como beneficio. Al menos para ermitaños como yo.

Sin más por considerar, puse en práctica el ya experimentado ejercicio de factorización personal de reducir tu vida a la mínima expresión. Un escritorio, una silla, un librero y una colchoneta serían suficientes para esta etapa. Entraría nuevamente en un periodo de reflexión y búsqueda, para el que este espacio era idóneo.

El resto de mi vida se quedó en cajas que pude guardar en un cuarto en casa del buen amigo Efrén, que aunque no dejaba de ver esto como una locura, me acompañó y apoyó en el momento, a cambio de divertirse señalando este periodo “como cuando me fui a vivir a la comuna de hippies fresas”, Efrén dixit.

Comuna, monasterio o casa de huéspedes, como se prefiera decirle, para mi era un momento y un lugar, tan necesarios después de haber dejado atrás mi última experiencia.

Un monje sin hábito se había hospedado en la segunda habitación de aquella casa. No es el espacio que habitamos ni lo que vestimos lo que nos define. Hay que ver qué si lo es.

You may also like...

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.