Un hogar en la ciudad
“Voy a la ciudad, donde tu estás, sin compañía”
Los días en el monasterio llegaban a su fin. Un nuevo intento por vivir una vida normal me reclamaba. Tenía que buscar un espacio adecuado, porque ahora no sería solo para mí.
Encontré una casa cerca del trabajo, del parque en el que me gustaba correr y de un jardín de niños. El siguiente lugar en el que habría de vivir tenía que ser algo más que una casa, lo que no era exactamente mi especialidad, pero esta vez tenía toda la actitud para intentarlo.
Conseguí lo necesario para que se sintieran bienvenidas y pudiésemos tener todo listo para un nuevo comienzo. Eran días de optimismo, ellas tendrían un hogar y yo compañía, pero más importante, la oportunidad de hacer bien las cosas.
No era el orden en el que normalmente se toman estas decisiones, considerando además que nunca quise ser papá, lo que es un detalle relevante, porque aunque nunca me vi como tal, pensé que podía aportar lo suficiente para ser una influencia positiva en su vida como adulto funcional y responsable.
Una luz se encendía en aquella casa para darnos la bienvenida y poder convertirse en el hogar que nos hacía falta.
Las familias no se dan siempre en las casas, ni todas las casas hospedan una familia. Daba mucho que pensar.

