Viento solar

“…”

Hay cosas para las que no estamos diseñados.

Se ha encontrado evidencia que sostiene que el planeta Marte alguna vez tuvo una atmósfera sustancial, con condiciones mucho más favorables para la vida de lo que es hoy. Sin embargo, algo en su formación no generó un núcleo capaz de crear un campo magnético suficiente para conservar su atmósfera. Esto causó que el viento solar despojara eventualmente al planeta de gran parte de su atmósfera, y con ello, el potencial de poder hospedarnos. Algo para lo que tal vez nunca estuvo diseñado.


Aquel viernes salí temprano de una reunión de trabajo, con lo que estaba oficialmente libre para comenzar el fin de semana desde medio día. Era un buen tiempo para alcanzar a _7380 en la escuela de la pequeña e irnos a casa. Podríamos pasar por algo de comer en el camino y despreocuparnos. Sonaba bien. Nos detuvimos en una tortería para comprar unas ricas tortas y comerlas en la casa. Estábamos de buen ánimo, lo recuerdo por lo rápido que se deterioró.

La pequeña traía un chicle en la boca, como pronto habríamos de comer, su mamá le pidió que lo tirara, a lo que la ella se negó. Yo hacía nuestro pedido mientras la mamá y la pequeña resolvían el tema del chicle, si así se le puede llamar al reto de enfrentar un berrinche infantil a punto de salirse de control. La niña comenzó a llorar y a gritar por la pérdida de su chicle. Entiendo que hay situaciones que no pueden enfrentarse con la razón; por supuesto que tampoco estoy a favor de la violencia, pero creo que debe haber otras formas. La pequeña continuaba llorando y gritando, para incomodidad de todas las personas que estábamos en el local, mientras su mamá le pedía, con una paciencia infinita, que se calmara. Paciencia que, desde luego, solo ella tenía.

Habíamos acordado desde el principio que yo no intervendría en la educación de la pequeña. Esto incluía posibles medidas correctivas que se pudieran requerir, no porque no tuviera nociones o ideas; sólo no quería discutir con alguien por un tema tan delicado y perder la razón por una decisión que yo no tomé. O eso pensaba, porque el hecho de que estuviéramos donde estábamos no había ocurrido por generación espontánea; yo había participado ya en decisiones que nos tenían ahí, con una niña en pleno berrinche, llorando y berreando sin que nada pudiera remediarlo. Aún así, decidí permanecer al margen, a pesar de las miradas incómodas de quienes sabían que yo había entrado al lugar con ellas y que ninguno parecía capaz de resolver la situación.

Aquellos fueron los minutos más largos que he pasado en una tortería. Cuando estuvo listo nuestro pedido, pagué y nos retiramos con mucha pena. El berrinche continuó en el camino a casa, extendiendo su maleficio para alargar los minutos de un trayecto que era en realidad corto. En el transcurso pensé que no era la primera vez que pasaba. Recordé por qué me habían dejado de entusiasmar las idas al súper o al parque, los juegos de mesa, salir a comer; y entre otras cosas más, por qué no había querido ser papá.

Todo ese tiempo permanecí en silencio, aunque debí haber tenido un semblante molesto. Puedo controlar las emociones, pero no ocultarlas. Llegamos a casa y me encerré en el cuarto; quería estar solo hasta que se me enfriara la cabeza.

No podía ser normal vivir así. Estos eventos nos despojarían eventualmente de nuestra atmósfera, y con ello el potencial de convivir. Algo para lo que tal vez nunca estuve diseñado.


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