Un lugar en mi camino
“What do you come for?
What did you expect to find?”
“¿Has pensado en comprar una casa? Deberías.”
Llevaba tiempo escuchando estos comentarios con cierto enfado. Tener un espacio de mi propiedad no había estado en mis prioridades. Nunca había llegado a ese nivel de compromiso. Por si fuera poco, había pasado buena parte de mi vida adulta con la brújula desorientada. Si alguna vez tuve planes a largo plazo, habían quedado muy atrás, como un boleto para un vuelo que decidí no abordar. A partir de entonces los planes fueron de supervivencia y funcionalidad, no porque lo estuviera pasando mal, sino porque nada más despertaba mi interés. Dicho de forma simple, no le veía caso a establecerme y comprometerme con algo más allá de la renta y la comida del mes en curso.
Eso debía cambiar. Y no porque lo deseara directamente, ya que mi interés en el asunto seguía siendo el mismo. El punto era demostrar que podía ser un hombre responsable, porque los hombres responsables no andan por ahí deambulando sin propósito ni compromisos.
Debía comprar una casa.
En general, pocas son las compras que me entusiasman, que no sean libros y cosas por el estilo. El resto de lo que tenía que comprar en mi vida seguía el sentido de lo práctico, sin dedicarle más que el mínimo necesario, incluyendo, al parecer, una casa.
La lista de las compras de un adulto responsable tiene cosas como jabón, pasta de dientes, servilletas, una cama, un sillón para las visitas, un auto y una casa. Por decir algo. En mi caso, voy al súper, al pasillo del jabón y agarro uno que me guste de los que hay; lo mismo con la pasta de dientes, las servilletas, etc. La visita al súper se concreta en ir directo por lo que hace falta y salir de ahí en el menor tiempo posible.
Lo mismo hacía con casi todo lo demás, y una casa no habría de ser la excepción. Sé que suena insensato, pero para mí se trata de comprar cosas que tienen un objetivo específico. ¿Lo cumple? ¿Es lo mejor disponible aquí y ahora? Listo, a lo que sigue.
Salí una tarde con la misma determinación con la que había salido aquella vez que fui a comprar un auto, con la diferencia de que no había una agencia de casas a la que dirigirse. Sería un poco más difícil.
O no tanto. Mi idea fue recorrer los rumbos cercanos a mi trabajo donde parecía que pudiese haber lotes de casas en construcción. Ese debía ser el camino más práctico. Y lo fue. Encontré una privada con banderines de una inmobiliaria que anunciaba casas en venta. Me agendaron una cita para ver la casa muestra y al fin de semana siguiente fuimos a verla. Eran casas pequeñas pero con lo necesario. Cumplían con el objetivo específico, aquí y ahora. Y lo más importante era que me alcanzaba con mi ingreso mensual. Listo, a lo que seguía.
En ningún momento me preocupé por la cuestión estética o las implicaciones de estar en un condominio cerrado. El objetivo de tener una casa y con qué pagarla estaría cumplido después de un tiempo. Faltaban desde luego los trámites y diligencias correspondientes para el crédito hipotecario correspondiente, pero por fortuna todo eso lo haría la agencia inmobiliaria, así que solo restaría tachar este elemento de la lista y esperar.
Aquella espera habría de ser más larga y compleja de lo que tenía contemplado, pero entonces no lo sabía ni yo ni la agente de la inmobiliaria. Solo pensaba que aquella debía haber sido una de sus ventas más fáciles.
Por el momento me sentía tranquilo y seguro de estar cumpliendo con lo que se esperaba de mí, a falta de un mejor plan.
æDebo confesar que las casas se veían como lo que eran: de producción en serie. No era necesariamente malo, solo poco inspirador. Años después vi una película llamada “Vivarium” que trata del sueño de comprar una casa que se convierte en una pesadilla surrealista. Se desarrolla en un entorno como el de mi casa.

