Desperfecto
“Blank face in the windowpane”
Después de algunas semanas me di cuenta de que había desperfectos en casa que requerían algún tipo de reparación, o en su defecto, adaptarse a ellos.
Unos eran menores, como una gotera o una fuga, fáciles de reparar, solo había que tomarse un tiempo y conseguir los materiales necesarios.
Otros eran inconvenientes en el diseño, como que los techos fueran tan altos que hicieran difícil poner las lámparas, o el tragaluz a mitad de la sala, que hacía el interior más caluroso. No eran molestos, solo un inconvenientes a los que había que adaptarse.
Luego estaba un tema muy raro. La casa y sus instalaciones eran nuevas, sin embargo, había algo con las tuberías que impedía que el agua caliente fluyera por la casa. Era inconveniente, molesto y absurdo; porque la casa era nueva. Para variar, no se podía contar con la inmobiliaria; si me habían dado largas para hacerse responsables de la entrega de la casa, que era un compromiso pendiente, más largas me darían ahora que el único compromiso existente era su palabra de atender cualquier desperfecto relacionado; palabra que era evidente que no tenían. Algo se debería poder hacer. No sabía qué, pero aún así era algo con lo que se podía vivir. Y lo hice, dos años.
Por último estaban esos desperfectos que habían llegado con nosotros, y que no tenían que ver con la casa. Me había comprometido con que nada faltara: teníamos donde vivir y no faltaba la comida ni los insumos domésticos, por lo que mi deber estaba cumplido; pero el entusiasmo se había perdido. Al principio pensé que era el desgaste del éxodo que vivimos, y ahora que comenzábamos lo mejor posible, volvería; pero no fue así. No me gustaba estar en casa y continuaba prefiriendo ir solo a hacer las compras. Llegaba a casa y pasaba el tiempo en el cuarto, leyendo o haciendo cosas en la computadora. Apoyaba siempre que se necesitaba, pero tan pronto se resolvía, regresaba a la habitación, como un genio que concede un deseo y vuelve a su lámpara tras cumplirlo; solo que este genio no era mágico y, hay que decirlo, parecía siempre estar de malas.
Aquello no estaba mal, pero ciertamente tampoco estaba bien. Era un desperfecto en nuestra dinámica, solo que no sabía si era uno menor, fácil de reparar, o un inconveniente de diseño al que había que adaptarse, o algo raro que quien sabe si tenía arreglo o si se podía vivir con él y por cuánto.
Quizá por algo no existe cosa tal como un tener buen genio.

