El día más largo

“Why do I feel so numb?”

“Un día me quedé dos días”. Parece una frase poco afortunada en su sintaxis y algo confusa en su capacidad de dar a entender con claridad una idea tan simple como trágica. La dijo Charly, un compañero de trabajo, cuando nos quiso contar que en una ocasión tuvo que pasar dos días en el trabajo por unos problemas en la plataforma de grabación.

La frase y el tono con el que la dijo nos causó mucha gracia y se quedó como un chiste local entre los compañeros. Hasta que dejó de serlo.


Trabajábamos en un proceso de actualización de componentes, para el que habíamos planificado hacer todas las tareas en una noche y desvelarnos una sola vez. La ejecución de estos procedimientos estandarizados no dejaba de ser delicada, pero si la realizábamos en orden y con cuidado, debería completarse exitosamente. Tomaría unas cuatro o cinco horas cuando menos completar el proceso, por lo que decidimos agendarlo para un sábado en la noche. Llevaríamos botanas y videojuegos para pasar el rato y no aburrirnos.

Para el mismo día nos agendaron unos cambios en el sistema operativo de los servidores; aunque estaban a cargo de los equipos de mantenimiento, requerían de nuestro apoyo para detener nuestros procesos. Creí que podríamos aprovechar la misma ventana de tiempo para hacer ambas cosas ya que nos íbamos a desvelar. ¿Que podía salir mal?

Lo resumiré en que un par de reinicios interfirieron con el proceso de actualización, corrompiendo la tabla maestra de referencia de la plataforma, lo que dejó nuestro sistema en coma. El incidente había sido grave y ahora estábamos en terapia intensiva. El reto, más allá de explicar cómo habíamos dejado el sistema tan comprometido (que sí sabíamos), era cómo lo íbamos a recuperar.

Solicité apoyo del equipo de soporte del fabricante, quienes me ayudaron de inmediato. El diagnóstico fue que, tras haberse perdido la tabla maestra de referencia, el sistema no tenía forma de ubicar los datos almacenados. Sabía que los tenía, pero no en donde. El método de recuperación implicaría una nueva tabla de referencia e importar los datos que se fueran encontrando en cada servidor de la plataforma; como catalogar una biblioteca desde cero.

El proceso no dejaba de ser delicado porque se estaban examinando datos a un nivel muy bajo, y por la forma en la que se habían perdido las referencias, había algunos que podrían estar ilegibles. El trabajo de un par de años de haber puesto a punto la plataforma, que además era nuestra insignia, parecía comprometido.

Lo malo era el estado en el que se encontraba el sistema; lo bueno era que había forma de restaurarlo y contaríamos con el apoyo de especialistas del fabricante durante el proceso.

Ya era la mañana siguiente después de que todo había comenzado.

Transcurrieron las horas en que fuimos restaurando los datos de cada servidor. Terminaba el turno del especialista en Madrid y me cambiaron al de India; después me pasaron al de Estados Unidos y por último con el de Londres. Para este punto ya había completado un ciclo de horarios de soporte, pero aún más relevante, un día sin dormir; que es un decir, porque pude dormitar un par de horas en unos cartones de una caja que había encontrado en nuestra ilustre oficina de telecomunicaciones.

Ya para entonces todo lo que no tuviera que ver con la restauración del sistema era relativo y secundario. Debí haber parecido un indigente o un loco; un informático caído en desgracia.

Fue en este punto, en la más absoluta absurdidad, causada por la incertidumbre de la desgracia, que recordé la frase de Charly. Entonces me reí, pero ya no con la misma gracia. Quizás era una maldición por habernos reído de aquella frase, o un recordatorio de que no todos los días duran lo mismo. Yo prefiero los de veinticuatro horas.

æEn una coincidencia misteriosa, Charly fue a la oficina la primera noche para recoger sus cosas. No lo supimos entonces, pero aquel había sido su último día en el trabajo. Por el incidente no pudimos hablar con él.


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