Buenas intenciones

“Yo se, que tienes miedo y no es un buen momento para ti (para mi)”

Conocí a _371 en la tienda en la que trabajábamos. Era poco lo que teníamos que ver en el trabajo, por lo que no interactuábamos mucho. Tenía poco de haber decidido poner en órden algunas cosas en mi vida, particularmente después de eventos recientes con “amistades” que no habían terminado bien. Fue entonces que comenzamos a coincidir a la hora de la comida. Solo me conformaba con comer lo que fuese con tal de seguir funcionando, casi siempre comida rápida de la misma tienda. _371 en cambio, llevaba siempre comida casera, cuidadosamente preparada por su mamá. Comenzamos a platicar de esto con la misma casualidad con la que coincidíamos en el comedor, bromeando con el hecho de que probablemente yo no hacía lo suficiente por cuidarme, como si eso no fuese importante como otras cosas. Y precisamente en esas sutilezas se hallaban indicios de lo que estaba por ocurrir.

Poco a poco nos fuimos conociendo más, ella como una chica en busca de mejores oportunidades con el apoyo incondicional de su familia, y yo como un estudiante a punto de terminar la escuela con cierta propensión a vivir la vida en modo difícil. Nuestra temporalidad en la tienda definía también aquella coincidencia en nuestras vidas.

Un día en que nos encontrábamos en el comedor me preguntó si esta vez había decidido traer algo bueno de comer, cosa que a estas alturas era ya un chiste recurrente, pues no había nada en mi vida que fuese a cambiar de pronto ese aspecto sin importancia para mí, hasta ahora. Reímos después del comentario burlón como de costumbre, a lo que después añadió:

– Espera, no vayas a comprar nada hoy

Debo decir que _371 era una chica tímida, lo que ya de por sí hacía nuestra coincidencia una curiosidad, en parte porque hablaba poco y con suavidad. Por un momento pensé que extendería el chiste acostumbrado con un comentario adicional, por lo que continué guardando mis cosas en el casillero sin prestar más atención. En vez de reír, me sorprendí cuando vi dos recipientes de comida sobre la mesa.

– Hoy tocaron hamburguesas, pero aún así creo que son mejores que cualquier cosa de las que siempre comes.

Dijo esto sin la mínima intención de ofender, tratando de dar a entender con el tono más casual que se había acordado de mí con un detalle en apariencia irrelevante. No supe como reaccionar en ese momento, por lo que solo sonreí y acepté con agradecimiento. Que este tipo de cosas ocurrieran en este momento de mi vida era algo sorpresivo.

Pasaron algunos días en los que coincidentemente no nos vimos, lo que me permitió pensar en la mejor forma de corresponder a aquel gesto, si es que era necesario. Comencé a sentirme nervioso por dejar pasar el tiempo sin una respuesta. El tiempo en estos casos es limitado, y la oportunidad debe ser precisa, factores que históricamente no me favorecían.

Tomé un pedazo de papel y escribí las siguientes líneas:

“Vale por una hamburguesa y unas papas, efectivo para el día: __________”

Sin pensarlo más, la fuí a buscar en servicio a clientes y se lo di, con la excusa de que no habíamos podido vernos para agradecerle adecuadamente. Más tarde coincidimos en los casilleros, se acercó y me dió un golpe amistoso en el brazo.

– Eres un tonto. No era necesario -dijo esto mientras me devolvía discretamente el papel que yo le había dado, con una fecha y hora sobre la línea

– ¿Tienes algo en mente? -me preguntó insidiosamente.
Contesté nervioso que no. Mi plan no había pasado de aquel pedazo de papel improvisado.

– Más vale que lo resuelvas a tiempo -finalizó mientras se alejaba para comer con otra compañera.

Eventualmente salimos, varias veces, y aunque la química era evidente, con el tiempo descubrimos que no teníamos tanto en común, y aunque lo intentamos, no funcionó, empezando por cierta relación tormentosa no concluída de la que me fuí a enterar poco después.

Eramos algo bonito que queríamos que nos pasara, solo que ni ella era para mi ni yo para ella.


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