Reflexión en el laberinto

“De pequeño me enseñaron a querer ser mayor,
de mayor quiero aprender a ser pequeño”

“Estoy listo”. Decía esto con la confianza de un veterano. Había vivido experiencias previas que me enseñaron bastante, entre tropiezos, desafíos, uno que otro raspón y, por qué no, buenos momentos. Eso si, como ya era mi costumbre, en modo difícil. Me refiero a convivir con niños y niñas. Digo esto a falta de un mejor término para referirme a mis experiencias con hijos e hijas de otras mujeres en mi vida.

Nunca quise ser padre. No he sentido un deseo genuino de contribuir a la conservación de la especie, creo que en eso no corremos peligro. Tampoco la inquietud de un proyecto de vida como el de cultivar y desarrollar algo tan importante como un ser humano. Debe tener algo que lo sustente con fuerza, tanto como hoy siento el impulso de escribir, y simplemente no existe.

De los motivos o impulsos que otras personas hayan tenido no quiero hablar porque eso le corresponde a cada quien. Lo que es un hecho es que cuando yo había decidido relacionarme con esas personas, las otras personitas ya estaban ahí.

Bien o mal, mis experiencias previas habían sido apresuradas. Esta sería la primera en que tendría la oportunidad de ser un movimiento calculado. Hago énfasis en mi no deseo de ser padre, porque no estaba en mis planes serlo, ni como titular ni como suplente. Ser padre era una decisión que alguien más había tomado.

Pensaba entonces que podía cumplir un rol como influencia positiva y demostrar que hay otras formas de relacionarnos que también son válidas y podían hacer que esto funcione. Sentí un entusiasmo sincero de poder hacer bien las cosas, a mi manera. Podía ser un adulto responsable, no solo por mí, por alguien más. Después de todo no sonaba tan mal la idea de traer a casa un retoño que había brotado en otro lugar.

Traté de recordar cómo era de pequeño y considerar lo que me hubiera gustado vivir en estas circunstancias. Pensar que tenía todo para hacer feliz a un niño como yo sonaba muy bonito y circular. E ingenuo.

Porque un niño como yo solo había existido uno, y pensar que lo que hubiera funcionado bien para un niño podría funcionar también para otros habría de probarse como una reflexión poco clara.

“Me atrapó el laberinto del engaño”

No dejas de ser niño hasta que te conviertes en padre, y es por eso que un niño no puede ayudar a otro. Hay muchos niños perdidos en este laberinto, tal vez demasiados.


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