Las últimas horas

“Horas te ví, por siempre presente…”

Mi último episodio de secundaria fue tan extraño y complejo que se tiene que contar en dos partes.

Primera parte.

Acababa de terminar el ciclo escolar. Todo estaba definido ya para el siguiente nivel: la preparatoria. Había quedado en la escuela para la que realicé el examen de admisión, que no terminó siendo a alguna de las que yo había pensado asistir cuando comencé el último año de secundaria. Decisiones de último minuto de cuando no se sabe bien lo que se está haciendo.

En ésta incertidumbre me encontraba en esos días, mientras el resto del mundo seguía girando como siempre. Continuaba trabajando con mi abuelo, por lo que mantenerme ocupado no era problema. Estuvimos haciendo una instalación eléctrica que terminaríamos esa semana. Para ese mismo fin mi familia tenía planeado un viaje a la Ciudad de México con la congregación de la iglesia. Mi emancipación ya estaba en curso, por lo que no asistiría al viaje. Todo estaba planeado. Pasaría el fin de semana en casa completamente solo haciendo lo que quisiera.

Llegó el sábado y mi familia se fue temprano. Yo me fuí después con mi abuelo a trabajar. Por la mañana mi abuela me preguntó si me sentía bien de quedarme solo más tarde, que si quería podía quedarme en su casa esa noche. Ya tenía planes aparte, por lo que decliné su invitación.

El día transcurría con normalidad. Hacíamos los ajustes finales de la instalación mientras nos saboréabamos la recompensa líquida en el futuro próximo de un trabajo bien realizado, un tequila para mi abuelo y un refresco de toronja para mí. Ya cerca del final, debí estar bastante distraído, ya que no medí bien mis pasos al bajar de una escalera y caí muy descompuesto, sobre mi tobillo izquierdo. Un esguince menor en el tobillo me dejó adolorido y me habría de sacar de circulación por unos días.

Llegamos a casa de mi abuela. Me pusieron vendas y antinflamatorio para ayudar a aliviar el dolor. Quedarme con mi abuela ya no era opcional. Mi abuelo se fue con sus amigos a disfrutar de su bebida recompensa, mientras yo me quedaba frustrado en casa. Pero no por mucho.

Por aquél entonces mi abuela y una de mis tías participaban en un grupo de autoayuda con diversas actividades. Ese sabado tenían planeado un paseo a una laguna cercana, donde realizarían dinámicas de integración y otras cosas del grupo. Mi abuela me dijo que podía acompañarles sin problema. No había otras opciones, así que acepté.

Nos dirigíamos a una laguna que se encontraba a más o menos una hora. Íbamos en una camioneta de pasajeros con un grupo bastante diverso. Gente muy amable de todas las edades compartía experiencias y cantaban con alegría canciones de todo tipo. Llegamos al destino y me comentaron que la dinámica consistía en realizar un recorrido por el lugar, hacer varias actividades al aire libre y regresar hasta la noche. Por mi condición actual difícilmente podía participar, por lo que tendría que permanecer en la camioneta unas dos o tres horas. Me dejaron un radio para comunicarme con el grupo y algunos discos para escuchar en el estéreo de la camioneta para no aburrirme.

El disco “Horas” del grupo “Aurora y la Academia” llamó mi atención. Tuvieron sus minutos de fama durante el año que acababa de terminar, y me eran familiares algunas de sus canciones. Tenían un estilo que me gustaba, por lo que me dispuse a escuchar el disco.

El sol se fue poniendo mientras escuchaba el disco, encerrado en la camioneta enmedio de la nada con una lámpara y un radio. Cerca del final, cuando ya estaba oscuro, se escuchó la última pista.

-“Te voy a contar un cuento” -dice una voz femenina mientras se dispone a narrar una historia a una niña. No adelanta mucho la historia porque la niña la interrumpe.
-“Quiero que te mueras” -dice la niña


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