Lazos de hermandad

“Mírame, mírate, cómo hemos cambiado…”

Aquel año mi hermana y mi mamá se mudaron a otra ciudad. Hasta ese momento no había dimensionado lo que la distancia implicaría para nuestros infortunados vínculos familiares.

Ese año que terminaba tenía una última estampa reservada que consistía en un vistazo al pasado, curiosamente, desde mi propio cuarto.

Mi hermana y yo decidimos mantener la costumbre de pasar la navidad con la familia de mi mamá y el año nuevo con la familia de mi papá, por lo que ese fin de año habríamos de hospedarla por primera vez en casa.

Por unos días el tiempo volvió su marcha a aquellos días en que compartíamos el cuarto. Unas cosas resultaban familiares, como el desorden mutuo, pero una en particular detuvo el tiempo de una forma importante y trazó en nuestra línea lo que para mí habría de ser meridiano.

Había sobre mi escritorio cosméticos y artículos de belleza que, no sólo no eran míos, sino que nunca antes había habido en aquel cuarto compartido. Entonces vi a mi hermana arreglarse para la fiesta familiar. Me parecía estar viendo a alguien más. En ese momento comprendí que aquella niña latosa y la jovencita que ahora estaba frente a mí eran la misma persona.

Entendí que nuestras vidas tomarían rumbos distintos y que probablemente habrían de alejarse aún más. No volveríamos a ser esos niños que dividieron su cuarto quien sabe cuantas veces por motivos infantiles. Eran nuestras vidas las que ahora estaban divididas.

La vi alegre y radiante ese día; deseé en ese momento que, sin saber a donde nos llevarían nuestros caminos, nos fuera bien, y que hubiera siempre uno de vuelta para volver a encontrarnos.


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