Pruebas inaceptables

“ya te lo tengo advertido, lo tengo bien decidido”

Está claro que constantemente debemos enfrentar pruebas y superar obstáculos. Es suficiente lo que habremos de encontrarnos en la vida. Es por esto que no deberíamos permitir cualquier otro tipo de prueba innecesaria, sobretodo a las que sometemos a integrantes de nuevo ingreso en cualquier contexto. Me refiero desde luego a las novatadas.

No hay razón suficiente ni argumentos válidos para aceptar la imposición de pruebas o castigos que pretendan fortalecer el carácter y fomentar la integración, mucho menos disfrazar personalidades violentas y vengativas de ritos de iniciación. Entiendo que es poco lo que podemos decir cuando esperamos que un grupo nos acepte; invariablemente los dedos deben señalar a las figuras de autoridad que instituyen estas prácticas y a las que son cómplices al permitirlas.

Nos encontrábamos en las primeras pruebas clasificatorias de natación, por lo que para algunas personas era nuestra primera participación oficial en el equipo representativo de la escuela. Hasta ese momento, la actitud hacia quienes éramos de nuevo ingreso había sido neutral y relativamente desinteresada en señalamientos de cualquier tipo. Ya eran suficientes los nervios y el estrés de las competencias como para preocuparnos por algo más. Todo habría de aclararse, por decirlo de alguna forma, la primera noche de nuestra estancia en aquella ciudad.

Nos informaron que se organizaría una fiesta de bienvenida en una de las habitaciones del hotel. Acordé con otros dos compañeros que iríamos a comprar botana y algunas bebidas para cooperar con algo. Al llegar al cuarto había una fila en la que estaban formando a quienes éramos de nuevo ingreso; conforme iban entrando les jalaban la ropa interior hasta romperla y les cortaban mechones de cabello de forma irregular. Comentamos en breve nuestra situación inminente, concluyendo que debíamos aceptar esta prueba lo antes posible para quitarnos este asunto de encima y poder continuar. Yo me negué e insistí que no debíamos permitirlo. Mis compañeros desistieron y simplemente se dirigieron hacia la fiesta. Mientras yo regresaba a mi cuarto me vieron quienes ya nos esperaban y me gritaron que sería mejor para mí aceptar las pruebas ahora por las buenas porque después sería por las malas. Pensé que era absurdo que alguien aceptara esto por las buenas y que probablemente lo que me tenían reservado sería igual de malo de una forma u otra. Definitivamente es imposible medir el alcance de tus decisiones sobre algo que no conoces, y más si se trata de la conciencia negra de personas abusivas y carentes de empatía.

Dormí intranquilo esa noche, pensando que en cualquier momento llegarían a la habitación y cumplirían sus advertencias, pero nada pasó.

Al día siguiente, en el transcurso de la competencia, varios compañeros me comentaron que mi actitud había sido algo atrevida, no supe si en buen o mal sentido. Alguien más me dijo que probablemente era momento de mandar un mensaje. Todo transcurrió en relativa calma, aunque por poco no alcancé la marca clasificatoria de mi primera prueba.

Ya por la tarde, me encontraba descansando en mi cuarto cuando tocaron la puerta. El compañero que estaba conmigo abrió y se salió. Entraron los compañeros mayores y cerraron la puerta. Dijeron que aunque lo que yo había hecho podía parecer consciente e inteligente en realidad no lo era, y que de hecho había sido muy atrevido de mi parte pensar que pasaría desapercibido.

No quiero describir el maltrato físico del que fuí objeto, aunque lo recuerdo perfectamente. Lo poco o mucho que pude haber dado el resto de la competencia se quedó en ese cuarto aquella tarde.

Esta canción se puso de moda en esos días, y no puedo evitar sentir rabia cuando la escucho. No es culpa de la canción. Desearía en verdad que me recordara cualquier otra cosa. Reitero que los dedos deben apuntar únicamente a quienes se encargaron de hacer de ese momento uno de mis infiernos.


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