Vacío de ti

vacio

Nunca supe si me hice adicto a ti o a las cosas que tenía contigo. Las cosas alguien más me las puede dar, pero a ti, ni como reemplazarte. Y eso supone un problema serio si efectivamente no podemos volver a estar juntos.

Ahora pienso que cuando una persona te dice que es adicta, mejor es tomarla en serio. Lo digo porque, la primera vez que me lo dijiste, reí. No lo sabía entonces, pero, en tu adicción, eras libre. Caías. Y me llevarías contigo.

La noche en que me lo dijiste resultó de lo más casual. Lo admitiste. Reí. Reíste. Seguimos con nuestra conversación por un par de horas más. Hablamos hasta cansarnos. Cuando se nos terminaron las palabras volviste a admitirlo. Quedamos en silencio por unos instantes. Entonces reíste tú, quizá por mi expresión de sorpresa, o por la ironía de que realmente lo decías en serio. En tono condescendiente me dijiste que no me preocupara. Yo era demasiado inocente para compartir tu clase de adicción. Transcurrieron minutos que parecieron eternos, desafiantes. Ambos consideramos, a nuestro modo, la carencia de fundamentos de aquella afirmación. Poco después compartiste conmigo tu visión del mundo. Dudé por un instante, pero era demasiado tarde. La fantasía de aquél momento comenzaba y duraría hasta altas horas de la madrugada.

Despertamos con la duda en el semblante. Quizá moral o incluso física. Repetimos la dosis para estar seguros.

Los días que transcurrieron después fueron intempestivos en aumento. Aquél torbellino del infierno cobrara fuerza con lentitud. Desde el comienzo quise asumir el rol de la conciencia en nuestra combinación. Tú habías encontrado a alguien con quien compartir tus fantasías y estabas dispuesta a dejarte llevar por ellas. Yo descubría la peligrosa espiral descendiente de aquella atracción con una gravedad ilimitada. La conciencia se quedaba atrás para siempre en el punto de no retorno.

Vivimos en otra realidad durante un par de semanas. Tu desenfreno voraz nos llevó a romper límites que de otra forma hubiera respetado. Me observaba en impotencia con un ligero sentimiento de culpa durante nuestros episodios. Pero era inútil. Todo rastro de lo real se desvanecía por completo. Ninguna fuerza en oposición fue suficiente para mantenerme en pie. El torbellino me arrancaba del piso para mandarme por los aires sin control ni rumbo.

Luego, todo se detuvo abruptamente. Un día me dijiste que ya no debíamos vernos. Nunca pasó por mi mente que tu serías alguna vez la voz de la consciencia. Eso me hizo desconocerme. El rol de monstruo voraz ahora era mío. El péndulo estaba en su extremo culminante.

Dejamos de vernos un tiempo. Tuve que buscarme ocupaciones de inmediato. La realidad era demasiado áspera. Yo no admitía mi adicción. No. Aquél estado era solo un exceso de energía y nada más. Yo me sentía fuerte. La inercia del momento aún no me regresaba del todo a la realidad.

Días después me llamaste. La soledad no te era sobrellevable. Pero no era aquella soledad de la fantasía; no, la de la realidad. Sólo yo era capaz de comprenderte ahora que compartíamos las mismas cadenas. Te acompañé en la sobriedad, parecía razonable. Después de todo, era un buen compañero de fantasía. Estaba equivocado.

Pasamos bastante tiempo en casa sin cruzar palabra. Te acurrucabas en un rincón, tratando inútilmente de dormir, acosada por tus fantasmas de la realidad. Si, eran mucho mas reales que cualquier cosa que hubiésemos visto en nuestras fantasías. Yo te miraba condescendiente. Entonces los fantasmas se me comenzaron a aparecer también.

Voces e imágenes se presentaban espectrales en la oscuridad, ahí, donde habíamos compartido tanto. Vivía el infierno en mi propia casa, tratando de dormir con desesperación, siendo los sueños el único refugio de aquellas visiones escalofriantes de la realidad. Pero el sueño nos evadía. Morfeo mismo se negaba a entrar en aquella estancia repleta de fantasmas y recuerdos que se apretujaban en torno a aquellas dos pobres almas atormentadas. El péndulo se regresaba con fuerza. Entonces me doblegué, me acomodé junto a tí y comencé a susurrar una plegaria hechiza. Suplicaba a quien quisiera escucharme, pero sobretodo a ti, que terminaras con todo esto. Que compartiéramos de nuevo, aunque fuera por una última vez, nuestra realidad inventada; que te fueras, que me mataras, o las tres. Pero no. Seguías ahí, impasible, como una más de aquellas apariciones. El tormento de estar con una versión enloquecida de ti me recorría la piel con escalofríos interminables.

Aquellos episodios duraron unos cuantos días. La fiebre de nuestras aflicciones comenzó a ceder y aprendimos a convivir con nuestros fantasmas. Algo no estaba bien. Entendí que el fondo del abismo aún no nos tocaba.

Fue durante una noche lluviosa. Los truenos y relámpagos se agregaron como ingredientes del siguiente nivel. Me pediste que te abrazara. Los fantasmas seguían ahí. Nos miramos, y caímos. Otra vez. Pero era diferente. Los fantasmas nos seguían a todos lados, incluso a nuestras fantasías. Nos veían y los veíamos. Hacíamos como si nada, pretendiendo burlarnos de ellos en un espectáculo de absurdidad. Vivíamos una fantasía que era el remedio contra los fantasmas creados por ella misma en primer lugar. Y lo sabíamos. Pero de todas las cosas que supliqué en aquella plegaria, ni tú te ibas a ir, ni me ibas a matar. Así que sólo me quedó vivir aquella última vez de cada vez. Pero ya nada era igual. Aquel fuego voraz de sumergirnos en nuestras fantasías se tornó en un abandono vacío, pero necesario, carente de emociones excepto del entendimiento implícito de que, después de todo, esto era mejor que nada.

Al final el vacío también nos consumió. Ya nada importaba. Nos convertimos en fantasmas que convivían cínicamente con los demás. El fondo de este vacío se sentía normal después de todo. Consumir cualquier producto de la realidad, la real o la nuestra, daba igual, aunque al final implicase consumirnos a nosotros mismos.

Pero un día te marchaste. Sin avisar. Todas mis realidades se detuvieron. A esta maquinaria compleja que es mi locura le faltaba una pieza. El silencio se hacía presente en mi vida por primera vez en semanas. Y fue bueno. Que toda esta locura se detuviera me permitió retomar otras realidades abandonadas, como mi vida.

Pero era sólo un momento, un respiro.

Hoy que me entero de tu muerte me siento desprevenido. Increíblemente, que no estuvieras en mi vida era algo que no había considerado, por improbable que fuese a largo plazo.

Y aquí estoy, en mi casa. Los fantasmas siguen aquí. Juntos guardamos un minuto de silencio por ti. Al terminar, enciendo un cigarro, mientras aguardo, ingenuamente, a que la maquinaria vuelva a funcionar.

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