Odio

Llevaba tiempo mirando al vacío. Hacia rato que había recibido su carta y aun seguía librando aquella lucha interna de fuerzas para contestar. Mas que eso, era una convocatoria, un reto. Ir o no, el dilema.
Hacia ya bastante tiempo desde la ultima vez que habían cruzado sus caminos, incluso la ultima vez solo supo que se había cruzado con el por su acompañante, aunque ya había podido sentir el peso de una mirada profunda sobre si, era solo la señal de un vaso que estaba a punto de derramarse. ¿El daño? Apenas conseguían recordarlo. Mas bien había pasado a ser una cuestión de honor. Alguna vez me la hiciste, alguna vez me la tendrás que pagar.
Por mi parte había tratado de entender la gravedad del daño. Sabia que le había hecho mal, pero no había sido mi intención. Aunque no hay lugar para las disculpas donde no hubo mala intención, el se lo había tomado personal, y ahora quería que arreglaramos las cuentas. Había una parte de mi que quería ponerlo en su lugar, porque me molestó que nunca hubiera tomado en cuenta las consideraciones que le tuve y ahora me estaba colmando la paciencia. Finalmente solo era cuestión de tiempo para que cayera en sus provocaciones. Para mi era un lujo que hacia tiempo quería darme y ahora era el momento.
Así que decidí acudir a la cita. Un lugar apartado y solitario seria el indicado. Muchas veces en el pasado habían intervenido a su favor o al mío, de modo que nunca habíamos podido consumar nuestras intenciones.
La rabia de tener entre ti y tu peor enemigo a alguien que amas te llena de impotencia y coraje mientras la estampa de la traición se imprime en tu memoria para la posteridad.
-Ve solo, esta vez será la ultima-
Esas eran las ultimas líneas. Al menos en algo estaban de acuerdo.

Era un páramo desolado a las orillas de la ciudad. Polvo y arbustos resecos. No había llegado aun, así que me senté en una piedra a esperar el momento anhelado. Realmente no sabia lo que iba a suceder.
Finalmente pude verlo venir a lo lejos, caminando como si flotara en el aire. Me miraba con odio. Yo trataba de sentir algo por el, pero realmente no tenía algo definido, aun.
Se acercó con actitud segura, mostrando la determinación de obtener lo que venía a buscar. Esa actitud provocadora encendió la sensación que sientes entre la boca del estomago y el corazón llamada odio. Sonreí.
-Bien, aquí estoy ¿Que quieres?
-¡Disculpate!
-¿De que?
-Por… ¡El daño que me hiciste! Has sido la única mancha que ha arruinado mi historia.
-Sabes que sin mi esa historia no existiría.
-¡Ese no es el punto! ¡Te metiste en lo que no te importa!
-¿Cuanto tiempo mas vas a seguir culpando a otros de lo que te sucede? ¿Acaso no eres capaz de soportar el peso de tus propias decisiones? ¡Fuiste tu quien se metió en esto! O que, eres tan débil que-
No hubo tiempo para mas dialogo. Cuando reaccioné estaba en el piso. Me incorporé rápidamente.
-¡Suficiente! ¡No voy a soportar mas tu estúpida actitud!
-¡Lo mismo digo! ¡No volverás a meterte en mi camino jamás!
Nos trabamos en un forcejeo. Ambos tomados de los hombros empujándonos sin sentido. Habíamos dejado atrás la parte en la que es la razón la que concilia para pasar a la imposición de la fuerza como ultimo medio de justicia. Una batalla de igual a igual sin duda.
Poco a poco empecé a sentirme prisionero de mi propio cuerpo, espectador desde mis pupilas de aquella batalla tan ansiada. Un torrente de calor inhumano corría por mis venas mientras cada vez me sentía mas vivo. Todo eso se empezó a manifestar en un exceso de fuerza y unos ojos fuera de órbita que parecían mas los de un animal que los de un ser humano. De cuando en cuando una carcajada salía de mi garganta en un tono esquizofrénico. Algo no andaba bien. Ambos teníamos miedo.
Finalmente después del forcejeo y unas cuantas zancadillas lo derribé. Me habia colocado encima de el para evitar cualquier movimiento.
-¿Te rindes?- le pregunté.
Con miedo en sus ojos solo podía mover la cabeza nerviosamente en señal de afirmación. La pelea había terminado. Esta era la parte en la que imponía mis condiciones y lo dejaba ir, ya no había mas que hacer. El odio debía dar paso a la misericordia en memoria de lo que algún día fuimos. Pero no. El ultimo vestigio de bondad que tenía se deslizaba lentamente por una lagrima sobre mi mejilla. Nunca supe si fué de odio o de verdadera tristeza. Sin dar mas tiempo a nada, puse mis manos sobre su cuello y comencé a apretar con fuerza. Aterrado, comencé a forcejear con mis propios brazos que, contra mi voluntad, estaban haciendo algo espantoso. Una sensación de pavor y angustia recorría mi cuerpo mientras le gritaba a eso que ya no era yo que lo dejara en paz. Ya había sido suficiente. Mi enemigo solo me miraba con ojos de imploracion.
Termine de contemplar la escena fuera de mi. Se sacudieron violentamente sus piernas y brazos hasta que cayeron secamente sobre el piso. Yo trataba de explicar como esa cosa que era y no era yo había hecho algo así. La respuesta llego con una sonrisa chueca. Yo, ya no lo era. El había ganado..

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4 Responses

  1. Anonymous says:

    los humanos, los humanos…siempre tan victimizados, siempre tan victimizantes. Es fácil decir que algo -que no sabemos- nos invade y nos domina, acaso es parte de esta naturaleza humana culpar a alguien/algo por lo que nos sucede?

    Es esta sucesión de hechos lo que llamamos odio? nos han culpado por meternos en lo que no era nuestro y nosotros culpamos a otras fuerzas por lo mismo. La conciencia nos juega bromas…nos abandona aveces, nos agobia a ratos…pero no vale la pena llorar sobre la leche derramada

  2. El Azul says:

    O sea que sentir estas cosas no es verdadero odio sino una broma de la conciencia y por lo mismo no vale la pena quejarse al respecto?
    Creo que estas emociones debes dejar que fluyan, porque cuando se quedan atoradas pueden hacer mucho daño.

  3. Anonymous says:


    pues hay que encontrar el justo medio. o al menos asumir que lo que hacemos por odio lo hacemos conscientemente.

  1. May 6, 2020

    […] æ Momentos amargos que se convierten en una historia con un sentimiento y un final infeliz…odio […]

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