Casualidad Deliberada

Necesito hacer las paces contigo antes de continuar. No quiero discutir sobre quién se metió en la vida de quién, ni quien se fue o regresó primero. Dejaremos eso para la siguiente ocasión en la que alguien se meta en la vida de otro alguien.

Es importante tener esta conversación, pero sobretodo, entender la diferencia entre lo casual y lo deliberado, ya que muchas veces nuestros actos surgen del sutil espacio gris que existe entre los dos.
Hacía tiempo ya que las cosas entre nosotros habían terminado. Tu recuerdo venía a mí de cuando en cuando, casi siempre a petición de mi cuadro de honor de las cosas que no trascendieron. Eras el cuadro simpático en mi sala de un lugar que nunca visité, pero al que me hubiera gustado ir. Nada más.
Continué con mi rumbo vagabundo por la ciudad y por la vida. Y por la gente. Un par de años después alquilé una casa en la colonia en la que vivías. No pensé en esto hasta la primera noche. La más difícil en un lugar nuevo. La penumbra amarillenta de la calle me recordó viejos andares en otros tiempos con alguien más. Contigo.
No le dí mas importancia. Había pasado tiempo suficiente para que continuáramos con nuestras vidas. Estaba seguro de que al regresar al mismo río no me encontraría con la misma agua.
Por aquel entonces había conocido a Rosario, una chica con la que salía de vez en cuando. Estaba seguro de que me gustaba, pero no de cuánto. A los pocos días me comentó que su mamá y su hermana vendrían de visita desde otra ciudad, y me preguntó que si yo tendría algún problema con pasar tiempo con ellas para mostrarles la ciudad. La idea sonaba bastante interesante, sobretodo cuando mueres por averiguar para cuánto alcanza la atracción de alguien.
Estuvimos unos días juntos. Todo marchaba bien. Las llevé a casa un día que andábamos por el rumbo. Ese día habría de descubrir un par de cosas. Y recordar otras más.
La primera es que las cosas que se atraen siempre hallan la forma de encontrarse. Volvía de hacer unas compras para la cena con mis huéspedes cuando te encontré afuera de mi casa. Ahí estábamos; tu, yo, ella y ellas. Te presenté como una conocida de hace algunos años y te invitamos a pasar. Vaya clase de anfitrión. La mesa se servía para una noche interesante.
La siguiente cosa fue muy evidente. El parecido entre ti y Rosario era difícil de ignorar, lo cual daba mucho que pensar acerca de nuestro “conocimiento” de hace años. Fue entonces que entendí por qué me gustaba Rosario. Y cuánto.
Salvo por aquél descubrimiento que generaba miradas incómodas ocasionales, la noche transcurrió de muy agradable. Recordé que tu y yo no la habíamos pasado tan mal. Cada quien entendió lo que quiso y nos fuimos a dormir con algo que pensar.
Para mi fue una noche muy larga. Entre sueños no dejaba de compararte con Rosario y pensar quién de las dos era la mejor versión de eso que me gustaba. Que a ti te hubiera conocido primero hacía las cosas mas complicadas para ella. Ahora no dejaba de pensar en ella como una versión tuya. Dudé entonces de que mis sentimientos fueran menos por ella y más por ti.
Pero tú también eras alguien más. Eras también otra versión de ti. Ambas versiones eran susceptibles de comparación con la imagen que conservé de ti en aquella foto de mi sala. Estos pensamientos no me dejaron en paz desde esa noche. Ni tu.
El resto de los días de la semana que estuvieron conmigo te apareciste por mi casa. No entendía bien por qué la necesidad del encuentro casual. Era agradable verte, pero desconocía las intenciones de quienes estábamos ahí. Yo incluido.
Se fueron el domingo por la mañana. Fuiste a mi casa por la tarde. Fue un momento incómodo e inesperado. No hubo más que silencio durante unos minutos. El tiempo se detenía para nosotros en la sala de mi casa. El lugar para las explicaciones se mostraba como un pozo sin fondo en medio de nosotros. Todos los argumentos hipócritas se habían dicho días atrás. Alguien tenía que sincerarse primero.
La verdad es que no tenía muchas ganas de saber qué había pasado contigo. Cualquier cosa era incómoda para mí. Cualquier cosa había pasado sin mí. Cualquier cosa te había pasado con cualquiera, y yo no quería saberlo.
Recordé entonces una cosa mas: la verdad de que tú y yo habíamos decidido no continuar con lo que sea que teníamos. Y eso era mas importante que cualquier otra verdad presente o futura.
Tu intento por cruzar el abismo interrumpió el silencio de este último pensamiento. Tomaste mi mano y la acariciaste con suavidad. Regresamos por un instante a la banca del parque en la que nos besamos por primera vez.
Jalaste despacio mi mano hacia tu vientre y la presionaste ligeramente. Nuestras miradas se encontraron en el espacio de los segundos. Dos corazones en suspenso se detenían al sentir el latir de un tercero.
Trataste de resumir la historia que se tenía que contar. Me dejaste tu número telefónico y me pediste que te marcara pronto, que te había dado mucho gusto verme de nuevo y que deseabas que ésta no fuera la última vez.

Por eso es que necesito hacer las paces contigo para continuar, porque debo continuar en paz, sin ti. No necesito a la casualidad para complicarme la vida. Con eso puedo yo solo.

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1 Response

  1. Elizabeth Rodríguez Bonilla says:

    Maravillosa forma de decir las cosas … gracias

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