Cerca del final

“¿Quién me va a entregar sus emociones? ¿Quién me va a pedir que nunca la abandone?”

Pocas veces en mi vida he tenido la oportunidad de reflexionar sobre algún ciclo que está por terminar. Normalmente es un ejercicio que tiene lugar justo cuando todo ha pasado. Mientras sigues dentro todo gira y se mueve con rapidez; sin importar si la estás pasando bien o mal, tienes más cosas entre manos de que preocuparte aún para que todo salga bien.

No era el caso para mí en tercero de secundaria. No porque todo estuviera bajo control, sino porque mi visión de la vida era muy corta todavía, además de que cualquier plan hubiera sufrido desviaciones importantes por sucesos que habrían de ocurrir después.

La escuela marchaba bien, sacaba muy buenas calificaciones prácticamente en piloto automático. Comenzaba a concentrarme en otras cosas, como apoyar al maestro de taller con asesorías y trabajos de reparaciones en la escuela, trabajaba también con mi abuelo y convivía más con mis tíos. Todo estaba bajo control ahora y me sentía ya un maestro más que aprendiz. Era tiempo de pasar de nivel.

Había hecho amistad con un muchacho, Mariano, quien vivía por mi casa y también asistía a la misma escuela, aunque él era de nuevo ingreso. Quedábamos de vernos todos los días en la mañana para tomar el camión. Mariano tenía carisma y sabía ganarse a la gente. Pronto hizo amistad con los checadores de los camiones, por medio de quienes comenzamos a recibir viajes gratis a la escuela. Ahorrarse un pasaje diario para un chico de secundaria es como recibir un ingreso extra, lo que resultaba muy conveniente.

Un día mientras íbamos camino a la escuela a bordo del camión fue que el cuadro se dibujó para mí. Era muy temprano, por lo que Mariano y yo éramos los únicos en el camión además del chofer. Nos sentamos hasta atrás y nos reclinamos cómodamente. La situación nos causó mucha risa. Nos sentíamos como jefes. El chofer encendió su radio y comenzó a sonar esta canción.

Era la primera vez en mi vida en que me sentía completamente en control y dueño de mí. Todo iba bien, incluso mejorando. La escuela, las amistades incluso el poco dinero que de cuando en cuando ganaba parecían riquezas de las que podía ahora disponer. Pero todo estaba por terminar. En ese momento me dí cuenta de que no podía ser así para siempre. Al terminar la escuela todo dejaría de ser igual. Todo lo que conocía, de lo que ahora era maestro y señor, quedaría atrás. Las amistades y personas especiales se quedarían en la encrucijada de nuestros caminos hacia diferentes lugares y destinos. El viaje estaba cerca del final.

Una sensación de nostalgia prematura me llegó conforme fui escuchando. Me preguntaba cómo es que una canción que habla del fin de un ciclo y de cosas que ya no serán más podía también tener una melodía festiva y alegre. Es una contradicción que en ese momento no fui capaz de entender.

Pensé entonces que debía ser como esas veces en que el espectáculo está por terminar, pero lo mejor lo dejan siempre para el gran final como algo majestuoso y festivo.

No deja de ser una canción triste, como lo es para mí el fin de todas las cosas.

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