Reencuentro

“Yo solo puedo ser feliz si estás aquí”

La otra realidad, la inesperada, era que en esta vuelta de la espiral excéntrica que es mi vida, nos encontráramos de nuevo.

Para mí era sólo una probabilidad, pues era yo el que regresaba contra cualquier pronóstico. Nadie sabía que estaría en la ceremonia de graduación. Mucho menos tú.

Todo el mundo se sorprendió de verme, aunque poco fue lo que me dijeron, ya que lo único descifrable era que la piedra rara que había acompañado al grupo durante cinco años que se había ido sin dejar rastro, regresaba para el gran final.

La lista de nombres de la ceremonía parecía interminable. El órden en que pasaríamos se encontraba predeterminado, por lo que cada quien solo tenía que esperar su turno y dejar que el resto transcurriera.

O al menos así me lo parecía, ya que olvidaba el hecho de que esta era una celebración de acompañamiento que para la mayoría fue el grupo generacional durante el tiempo de la universidad, con los momentos buenos y malos que compartieron entre sí. De esta forma, las expresiones de alegría y celebración salían de aquí y allá de las amistades que también se graduaban y que se unían al júbilo que compartían con familiares y amistades entre la concurrencia al escuchar cada quien sus nombres.

Para mí fue un juego de esperar, pues yo sabía que saldría un nombre entre la lista que me sería imposible de ignorar: el tuyo.

La verdad es que cuando lo escuché y te vi salir de entre la multitud, me dejé llevar. Si había alguien con quien tenía sentido esa celebración y reconocimiento a todo lo vivido en aquella época de nuestras vidas, eras tú.

Mi expresión de profunda y sincera alegría, aunque mimetizada entre la multitud, te debió llegar, por lo que pasó después.

Al concluir la ceremonia decidí esperar a que el auditorio se desocupara. La realidad de mi papá, seguramente esperando a la salida a pesar de lo que sentía era algo que quería posponer el mayor tiempo que se pudiera.

Cuando el recinto estaba casi vacío decidí que era el mejor momento y caminé hacia la salida.

Entonces nos encontramos.

No puedo evitar pensar que me estabas esperando. ¿Por qué otra razón te habrías quedado también hasta el final?.

Por el motivo que sea, ahí estábamos, frente a frente, meses y kilómetros después de la última vez que nos vimos.

—Me da gusto que estés aquí. Felicidades. —Dijiste con alegría.

Nadie mejor que tú podía saber lo que todo esto significaba y lo mucho que merecíamos celebrarlo, juntos, aunque fuese un momento.

—Gracias, por esto y por todo. Sin ti no lo hubiera logrado. —Contesté sincero mientras trataba de mantener cualquier otra emoción bajo control, pensando que debía mantenerme tras la línea que yo mismo había decidido dibujar entre tú y yo; muy a mi pesar.

—¿Viniste sólo por la ceremonia?
—No, el lunes ya entro a trabajar. Aquí, claro.

Eso último fue un mal chiste, pero dado mi historial, necesitaba aclararse.

—Debo irme, me están esperando. Quisiera que pudiéramos platicar, si tu quieres, un día de estos. Llámame.
—De acuerdo.

Nos despedimos con un abrazo en el que se fundían sutilmente, pero con fuerza, un millón de cosas. Al separarnos, tomaste mi mano como el viento que acaricia una cortina justo antes de partir.

—Me dio gusto verte de nuevo.
—A mi también.

Quien sea que estuviese escribiendo nuestra historia pensaba todavía en un montón de cosas más.


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