Abandono

“We all got left behind, we let it all slip away”

No es que abras los ojos y te encuentres en el infierno sin saber cómo terminaste ahí. Sabes bien dónde comenzó todo y lo que no hiciste para evitarlo.

Pensaba en esto mientras veníamos de regreso del fallido y delincuente episodio en el que intentamos comprar cervezas clandestinamente en un lugar al que ni siquiera debimos haber ido. Pensaba, porque solo eso podía hacer. El momento de decidir ya había quedado atrás y ahora sólo podía ser un espectador, y probablemente víctima, de las consecuencias.

Ya estábamos de vuelta en la colonia donde vivía mi jefe, cuando vimos una tienda de conveniencia abierta; demasiado tarde, tanto para encontrarla como para saberlo, pues ya habíamos pasado por el fatídico despojo, y debido a esto, no teníamos ya cómo comprar las cervezas aunque quisiéramos.

Borja se alegró de saber que no todo estaba perdido y nos detuvimos en la tienda, cuya puerta de cristal se encontraba cerrada pero tenía la ventana abierta, tras la que atendía el dependiente. Borja pidió tres cartones de cervezas y el dependiente nos las entregó por la ventana. Mientras acomodábamos los cartones en el coche, le pregunté a Borja cómo pagaríamos, ya que el dinero que nos habían robado era el único que traíamos. Me dijo que me calmara y que le siguiera el juego. Regresó para decirle al dependiente que había olvidado su cartera en el carro y se dirigió hacia él, indicándome en voz baja que me subiera porque nos íbamos a ir, a lo que contesté que no estaba de acuerdo. Me insistió una vez más, diciéndome que no fuera tonto.

Afortunadamente, por primera vez aquella noche, tomé una decisión correcta y me alejé del coche, a lo que Borja reaccionó con desdén y se subió al auto, arrancando a toda velocidad. Efectivamente, había quedado como un tonto, parado afuera de la tienda.

– ¿Y tu amigo? -me preguntó el dependiente, como queriendo entender la situación.
– No sé -contesté con transparente sinceridad.
– ¿Y tú me vas a pagar?
– No traigo dinero.
– No me queda otra más que llamar a la policía -dijo resuelto, aunque mirándome con dudas.

Decidí permanecer en el lugar. A los pocos minutos llegó la patrulla y habló con el dependiente mientras me miraban con sospecha. Trás interrogarme y corroborar que no había diferencia alguna en las versiones me preguntaron por mi amigo. Les dije que seguramente había regresado a donde estaba la fiesta. Después de pensar un poco, los policías le propusieron al dependiente de la tienda que si íbamos a la fiesta y conseguíamos el dinero, podríamos poner fin al incidente sin presentar cargos, a lo que afortunadamente accedió.

Subimos a la patrulla y los conduje hacia la fiesta. Me permitieron ir solo a la casa con la condición de no tardar. Entré con semblante serio y visiblemente molesto, tratando de contener cualquier emoción. Hablé con mi jefe de la situación, cosa que le sorprendió, empezando porque Borja había llegado ya sin comentar nada de lo sucedido ni mencionar siquiera por qué yo no había regresado con él. Desde luego que todo el mundo estaba nervioso por tener una patrulla afuera de la casa. Sin perder más tiempo me dispuse a solicitar que cooperaran para pagar las cervezas que por cierto ya se estaban bebiendo. Conseguí lo que hacía falta y salí para dárselo al dependiente, por lo que cumplieron con lo acordado y se marcharon, no sin antes decirme que esos no eran buenos amigos. Y tenían razón.

Cualquier indicio de amistad quedó abandonado, cobardemente, a las afueras de una tienda a mitad de la noche.


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