Limbo Francés

Marche

Y heme aquí, con esta sensación de no saber como me metí en este lío y con el apremio por salir de él. Así fue que pasaron días, meses, años tal vez. En el limbo todos los días se parecen.

Aquellos fueron momentos de angustia en los que repasaba las únicas frases que me sabía para todo. Bonjour, s’il vous plaît, merci, au revoir. Me repetía a cada instante aquellas frases como un mantra del que dependiera mi vida.
Pasaba el tiempo con un comerciante Español del mercado. Realmente no estaba en una zona pintoresca de París de las que tanto se habla, con vista a la torre Eiffel o los Campos Elíseos. Nada de eso, incluso hubo momentos en los que pensé que era una especie de Limbo Francés en alguna isla del Caribe o África. Cargaba mercancías y hacía mandados que no requirieran muchas habilidades de comunicación. El Español me procuraba bien. No me faltaba la comida y me hacía plática con los clientes para irle “perdiendo el miedo” a la situación. ¿Perder el miedo? ¡Ja! Si el que estaba perdido era yo. Después de todo, ¿que hacía por ahí? No lo recuerdo con exactitud. Así suceden las cosas cuando despiertas en el Limbo.

Con lo que me pagaba el Español sólo me alcanzaba para comprarme insumos personales de cuando en cuando y ahorrar un poco. ¿Para que? No se, a su momento lo sabría. Mis episodios de turista se limitaban a los momentos en los que cargaba la mercancía de los clientes y los acompañaba a su apartamento o negocio. Recorrer el laberinto de edificios y callejones disparejos con ellos era mi forma de conocer aquel lugar. Algunos clientes hablaban y hablaban mientras yo los escuchaba con mirada de desconcierto. No entendía nada, pero ponía atención al tono de su voz para cuando parecían hacer alguna pregunta, contestar tímidamente que “oui” a todo. En la retahíla de frases incomprensibles para mi me imaginaba frases como “Si, este pasillo es un estilo común en las ciudades del occidente de Europa” o “Los productos que venden en ese establecimiento han sido importados de África desde tiempos del colonialismo” o “deberías probar los “nosequedieu” de esa tienda, no hay nada igual” mientras procuraba guardar todas esas notas imaginarias en mi mapa mental para cuando me preguntaran por mis viajes y aventuras tener algo que platicar.

Pasado un tiempo, el Español me dice que me ha conseguido una oferta interesante. Uno de los comerciantes del mercado, no muy lejos del puesto del Español, está por irse de la ciudad. Este comerciante le debe dinero al Español, por lo que le dejará unas cosas del puesto a cuenta de lo que debe, mismas que él está dispuesto a venderme por una módica cantidad. Entonces tengo la opción de invertir los ahorros que tengo en un puesto de comida. Esta opción representa aprender a hacer la comida y dedicarle tiempo al negocio, además de no contar con dinero por un tiempo, pero me proveerá de un medio de subsistencia a largo plazo. Pienso entonces en la oportunidad que pierdo de regresar a casa con esos ahorros, en la oportunidad que tengo de comenzar una vida por acá y en las posibilidades imaginarias de esta tierra prometida.
Decido dar un paseo para pensar las cosas. Estando en ese paseo recibo una llamada tuya, contándome que estarás de negocios por acá, por lo que quedamos al día siguiente de vernos en el hotel en el que te estarás hospedando.

Al otro día me dirijo al hotel. Es la primera vez que camino por aquella parte de la ciudad. Después de dejar atrás aquel laberinto de callejones y edificios viejos de apartamentos, el paisaje urbano va tomando una forma mas ordenada. Calles mas amplias, paredes sin graffiti, banquetas limpias y restaurantes con terrazas. Incluso paso por lo que parece ser un cine. Una cartelera a la entrada de un pasillo oscuro dentro de un edificio no muy grande que te conduce a la taquilla de un par de salas pequeñas. Ya habrá tiempo después para el cine. En el limbo lo que sobra es el tiempo.

Llego al lobby del hotel y marco a tu habitación. Bajas y nos encontramos. Hace tiempo que no nos vemos. Tengo la sensación de que soy un preso en un reclusorio y que esta es la hora de las visitas. Quiero que me lleves contigo, quiero dejar todo atrás y volver a empezar, pero no te lo digo.
Vamos a un café cruzando la calle. Tienes bastante que contar, comenzando porque tu visita a la ciudad es para asistir a un congreso que durará toda la semana. Te ha ido bien en el trabajo y lo disfrutas inmensamente. Has viajado bastante y esta es sólo una mas de las paradas que harás en tu recorrido por varias ciudades del continente. Yo por mi parte te cuento que no se que hago aquí, que pienso que la estoy pasando mal y que algún error debí haber cometido, pero aún estoy a tiempo de arreglar las cosas. Entonces tu me dices que así es esto, que debo aprovechar esta oportunidad que tengo, porque mal que bien estoy saliendo adelante, y que tu en mi lugar tomarías la opción de quedarte, sin voltear hacia atrás para ver todo aquello que dejas. Para ti es fácil decirlo porque eres tu quien que se va y volverá a todo aquello que yo dejé. No eres tu quien perdió algo, porque lo tienes todo. Y sin embargo no puedo culparte de nada, porque quien se metió en esto fui yo.

Al final de la semana te vas mientras me doy cuenta de que el precio de volver a comenzar va mas allá del de unos utensilios de cocina o un boleto de avión para regresar a casa. Hay ocasiones en las que no nos alcanza para principio alguno, y no nos queda mas que vivir en el Limbo entre el fin y cualquier principio posible…

Y heme aquí, con esta sensación de no saber como me metí en este lío…

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